Al viajar en avión, me causa una gran inseguridad el hecho de no estar en contacto con la tierra. Por el contrario, cuando estoy al volante del coche es distinto, creo tenerlo todo bajo control (aunque sólo sea "aparentemente). Pero si me paro a pensarlo, soy consciente de que corro un mayor peligro conduciendo casi todos los días por la autovía que volando en un avión veces contadas al año... por lo menos eso demuestran las estadísticas. Aún así, parece ser que mi cuerpo no acaba de someterse a la razón y sigue teniendo ese nudillo en el estómago a la hora del despegue, aterrizaje o de alguna turbulencia.
De la misma manera creemos tener toda nuestra vida bajo control, "nuestro" control. En el momento en el que algo no sale como hemos deseado o esperado y se nos escapa de las manos viene la frustración, el enfado o las constantes preguntas de "por qué". La verdad es que el "control" que el ser humano se ha creado en sí mismo es muy absurdo...
Cuando me asomo por la ventanilla del avión y veo todos los edificios, casas, estadios, piscinas, coches, etc. al mismo tamaño que un lego, escucho una especie de "chivatazo" diciendo que nada, absolutamente nada está a nuestro alcance (¡y se hizo la luz! "bombillita"). No nos han preguntado cuando nacemos, si queremos vivir y tampoco si después queremos morir. No puedo decidir no morir nunca en esta Tierra.
El mundo vive con dos visiones totalmente opuestas y paradójicas. En la primera: ve el vaso medio vacío, es decir, esta vida es la que hay, no esperes nada más porque vivirás amargado pensando en algo mejor y te frustarás; en consecuencia obtenemos la segunda visión: el vaso medio lleno, es decir, carpe diem vivela a tope da igual las consecuencias, ya te preocuparás cuando lleguen...bueno, eso sino la palmas en el intento. Pero en ambas percepciones, el ser humano es el centro del todo, es "lo más de lo más", y por ello tiene derecho a todo lo que le plazca; se produce el olvido fácil de la fragilidad y del tamaño "lego" (si nos miran desde arriba) que poseemos.
Todo esto me hace admirar más la misericordia de Dios. A pesar de la altivez y la falsa seguridad que muchas veces pretendemos demostrar (haciéndolo más patético si cabe) al conocer nuestra verdadera identidad de "mini-muñecos lego de cristal", el de arriba se ha molestado en salvarnos ya no sólo con su muerte física sino con la carga de todas las veces que le hemos negado y girado la cara, creyendo con nuestra cabezonería que tenemos en las manos el volante de la vida, que la podemos conducir con seguridad hacia donde queramos y encima exigirle a Dios que nos asfalte las callejuelas por las que nos apetece pasar.
De la misma manera creemos tener toda nuestra vida bajo control, "nuestro" control. En el momento en el que algo no sale como hemos deseado o esperado y se nos escapa de las manos viene la frustración, el enfado o las constantes preguntas de "por qué". La verdad es que el "control" que el ser humano se ha creado en sí mismo es muy absurdo...
Cuando me asomo por la ventanilla del avión y veo todos los edificios, casas, estadios, piscinas, coches, etc. al mismo tamaño que un lego, escucho una especie de "chivatazo" diciendo que nada, absolutamente nada está a nuestro alcance (¡y se hizo la luz! "bombillita"). No nos han preguntado cuando nacemos, si queremos vivir y tampoco si después queremos morir. No puedo decidir no morir nunca en esta Tierra.
El mundo vive con dos visiones totalmente opuestas y paradójicas. En la primera: ve el vaso medio vacío, es decir, esta vida es la que hay, no esperes nada más porque vivirás amargado pensando en algo mejor y te frustarás; en consecuencia obtenemos la segunda visión: el vaso medio lleno, es decir, carpe diem vivela a tope da igual las consecuencias, ya te preocuparás cuando lleguen...bueno, eso sino la palmas en el intento. Pero en ambas percepciones, el ser humano es el centro del todo, es "lo más de lo más", y por ello tiene derecho a todo lo que le plazca; se produce el olvido fácil de la fragilidad y del tamaño "lego" (si nos miran desde arriba) que poseemos.
Todo esto me hace admirar más la misericordia de Dios. A pesar de la altivez y la falsa seguridad que muchas veces pretendemos demostrar (haciéndolo más patético si cabe) al conocer nuestra verdadera identidad de "mini-muñecos lego de cristal", el de arriba se ha molestado en salvarnos ya no sólo con su muerte física sino con la carga de todas las veces que le hemos negado y girado la cara, creyendo con nuestra cabezonería que tenemos en las manos el volante de la vida, que la podemos conducir con seguridad hacia donde queramos y encima exigirle a Dios que nos asfalte las callejuelas por las que nos apetece pasar.

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