domingo, 15 de marzo de 2009

Los invisibles

angel

Hay unos seres que nos acompañan en silencio a lo largo de toda nuestra vida; algunos para bien y otros para mal... sin embargo están ahí y no los podemos ver; pero ¿por qué? Muchos piensan que es por el simple hecho de que no están ya que la “lógica humana” nos dice aquello de que “si algo no se ve, simplemente no existe”. ¿Acaso es un raciocinio con un sentido objetivo?
Estoy segura de que Dios no es un mago, es decir, no tiene una varita que convierte a los ángeles en invisibles a nuestros ojos, debe de ser algo más impresionante que ese rollo barato de la magia. No tengo una respuesta concreta, pero si el “jefe” ha creado la ciencia y sus leyes, por las cuales se rige tanto la Tierra y su naturaleza como todo lo que se mueve por el espacio exterior, ¿por qué iba a usar métodos enigmáticos y mágicos?
Como ejemplo tenemos el sistema auditivo del ser humano. Nuestro oído no capta señales con frecuencias menores a los 20 Hz o mayores a los 20 kHz, pero aún así sabemos que existen dichos sonidos. Lo que viene a significar que nuestras limitaciones no determinan su existencia.
Hace tiempo dimos en clase el comportamiento del ojo humano ante la luz y el color; fue entonces cuando me enteré de que los colores no existen. El color es una sensación que envía el ojo a nuestro cerebro cuando capta la luz (que es una onda) en diferentes longitudes. Conclusión: nuestros sentidos no son fiables para determinar la presencia de algo.
Por lo tanto, ¿puede que haya un fundamento científico que explique la invisibilidad de los ángeles que quizá se base en las ondas lumínicas y que justo sean de una naturaleza inalcanzable para nuestros ojos? ¿Puede que todos nuestros sentidos en general tengan unas limitaciones (como las del oído) por las cuales no podamos captar nada más allá de las mismas?
Más de uno pensará que son cuestiones absurdas que no van a ninguna parte…quizá sea verdad, aún así me gusta darle al coco y no conformarme con el “si porque si”. Hoy no lo entiendo, y seguro que este misterio no tenga una explicación válida que se le pueda atribuir en esta vida, pero estoy convencida de que el Dios que conozco es un Dios racional y en cuanto lo veamos nos sorprenderán sus explicaciones sobre el trasfondo que toda su creación esconde más allá de lo mínimo que podemos percibir por ahora.

lunes, 9 de marzo de 2009

¿Natural o sobrenatural?

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¿Alguna vez os habéis preguntado dónde está la línea que separa lo natural de lo sobrenatural? En realidad, ¿existe este tipo de línea? Y si la hay, ¿quién la predispone?
Entiendo que lo “natural” puede ser aquello que responde a la lógica humana, algo que está científicamente comprobado y que atiende a las experiencias vividas por las personas, y lo “sobrenatural” todo lo contrario, aquello que es humanamente inexplicable, y que en la mayoría de los casos no es algo creíble.
Si desde pequeñitos hemos visto que la luna, el sol y las estrellas permanecen siempre más allá de la atmósfera terrestre flotando en el espacio, lo asociamos como algo natural. Pero ¿es verdaderamente natural? ¿Sabemos con todo lujo de detalles porque esos cuerpos celestes andan por el espacio y justo permanecen “intactos” los necesarios para nuestro planeta? Igualmente sucede con la muerte, se conoce como “parte de la vida” por la experiencia común, pero nadie logra razonarla, ¿es algo natural o sobrenatural?
Por otra parte si nos referimos a la presencia de ese ser superior llamado Dios, decimos automáticamente que se trata de algo sobrenatural. Pero si Dios creó todo aquello que conocemos como natural, ¿por qué sería su existencia algo sobrenatural?
Por lo tanto, puede que nuestra forma de percibir si algo es natural o sobrenatural dependa exclusivamente de una visión subjetiva, común a todos los seres humanos, sobre lo que nos rodea a lo largo de nuestra existencia en la Tierra. Si por ejemplo, en vez de andar hubiéramos nacido con la capacidad de volar, el volar sería natural y el andar, sobrenatural.
Entonces, ¿es correcto utilizar los términos “natural” y “sobrenatural”? ¿O su uso está sobrevalorado por el limitado conocimiento y experiencia humana? Personalmente creo que, sólo en la suposición de que tuviéramos todo el conocimiento objetivo de la verdad que nos rodea tendríamos el derecho de determinar las cosas terrenales y no terrenales como naturales. Pero como reconozco aquello de “yo sólo se, que no se nada” entiendo que lo sobrenatural abarca desde la célula más pequeña hasta la Tierra en su conjunto; a Dios (la vida) y a la muerte… aunque bueno, esto se trata de una simple opinión.

domingo, 1 de marzo de 2009

El miedo a la soledad

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En más de un encuentro o campamento he jugado a la “ensalada”. Se trata de un juego en grupo que consiste en ponerle a cada uno de los asistentes un nombre de un ingrediente de ensalada; pero esos ingredientes se repiten, es decir, hay un grupo de personas que tiene el nombre de lechuga, otros el del tomate, otros el de la cebolla, etc. Por ejemplo, cuando el moderador de la velada decía en voz alta “grupos de cinco” teníamos formar parte de un grupo de cinco del mismo ingrediente al nuestro; si yo era un tomate tenía que buscar un grupo de cuatro “tomates”, aquella persona que se quedara sin grupo automáticamente se descalificaba; por eso se armaba mucho revuelo, nadie quería salir del juego, así que íbamos como locos de un lado hacia otro buscando a un grupo de “tomates” o “lechugas” gritando cada uno su ingrediente en voz alta para ver si aquellos a los que necesitabamos nos escuchaban entre tantos gritos, idas y venidas… a última hora alguno que otro hacía trampa cambiando su ingrediente para poder ser aceptado en el grupo.

Así es como compararía la desesperación que se tiene cuando uno no sabe estar solo. Un simple juego como éste me recuerda a lo “básicos” que podríamos llegar a ser si nos dejáramos dominar por el “instinto” como si se tratara de buscar lo que sacia nuestra necesidad sin ningún tipo de elección sensata centrados únicamente en la obsesión de no quedarse solo y de querer formar parte de algo o de alguien. Esta forma de ver la vida hace que no se tenga el mejor criterio a la hora de elegir con quien o con quien no compartimos parte de nuestra vida, porque sometidos a una presión dominada por el miedo se llega al punto del conformismo y de estar por estar.
Dicen que “mejor solo que mal acompañado” pero este refrán cada vez tiene menos sentido porque parece que hoy por hoy a casi nadie le importa estar mal acompañado con tal de no estar solo. Y ese “mal acompañado” al que me refiero no tiene por qué ser mala gente, sino que quizá no sea la más compatible o propicia para nosotros.
Hace poco escuché en una predicación que uno de los mayores miedos que suele tener el ser humano (sino el mayor) es el miedo a la soledad. Dios mismo dijo aquello de: “no es bueno que el hombre esté solo”, pero a lo largo de nuestra historia “alguien” se ha encargado de dar un giro de 180 grados al verdadero objetivo que tenían estas palabras y en vez de ser algo que nos ayude a meditar y reflexionar más con quien debiéramos compartir nuestro tiempo lo hemos utilizado como excusa para la desesperación de hacernos creer a nosotros mismos de que no podemos sobrevivir sin que alguien esté constantemente a nuestro lado.
Seguramente habréis oído eso de que las mayores locuras son las que se hacen por amor, pero personalmente creo que las mayores locuras son las que se hacen por el pánico a la soledad. Lo que estoy diciendo se puede aplicar tanto a las relaciones de amistad como a las de pareja, pero quizá sea más fácil de entender si lo aplico con respecto lo segundo. Desgraciadamente este tipo de reacción frente a la soledad la veo cada vez más patente dentro del entorno cristiano y tengo que decir que me sorprende bastante, puesto que a pesar de saber (por lo menos en teoría) de que la soledad no tiene nada que ver con tener o no tener a alguien físicamente al lado y que lo único que importa es reconocer que el que nos da la verdadera compañía es Dios, se sigue el rol de esta sociedad quien nos asegura que para no ser un “rarito” o una “rarita” se debe de tener pareja a toda costa haciendo “trampas” si es necesario, como en el juego que he mencionado al principio, aunque tengamos que dejar de ser quienes verdaderamente somos para no estar solos.
Soy consciente de que estamos diseñados para compartir la vida con alguien; que estar con la persona adecuada puede hacer de nuestro paso por esta Tierra algo más llevadero. Por eso creo que se trata de una decisión demasiado importante como para someterla a una presión de miedo y desesperación que desemboque en una búsqueda obsesiva. En primer lugar, hay que dejar de buscar a “otro” para poder encontrarnos a nosotros mismos, para así poder encontrarnos con Dios. Una vez que se llega a ese punto nos debería de preocupar tanto las cosas del cielo que el resto no nos importara dejarlo en Sus manos y puede que sea entonces cuando “el de arriba” ponga en nuestro camino a esa personita que nos endulce la vida.

“Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”
Mateo 6:33