
No hay cambios... todo continúa igual como si nada hubiera pasado...
Parece que aquello que sucede en tu pequeño mundo interior no va a determinar en absoluto lo que te rodea... bueno, quizá simplemente el hecho de cómo quieras verlo. El mundo no se ha detenido ni un mísero segundo para mirar hacia atrás...
Los medios de comunicación continúan su ritmo frenético de emisiones y en ellas no se incluye nada de lo que te trae de cabeza. Tus creencias entran en una fase de “praxis” donde se ponen a prueba y donde logras saber verdaderamente si tienen un fin o son sólo una "teoría" pasajera que ha vagado a lo largo de tu vida hasta ahora.
Los pensamientos te inundan la mente, toda clase de sentimientos contradictorios sacuden tu cuerpo y las preguntas filosóficas que alguna vez te hiciste en momentos muy puntuales surgen de golpe...
Todavía le puedo escuchar silbar por los pasillos de casa, cantar “mamy blue” y tocar la armónica los domingos por la tarde. Recuerdo cuando de pequeña me llamaba mocosa cada vez que me sonaba los mocos y su barba de tres días que raspaba mis mejillas cuando iba a darme un beso. Todavía veo mi manita cuando tenía 6 años sujetando su gigantesco dedo índice cada vez que salíamos a dar un paseo o me llevaba al colegio. Lo exagerado que era a la hora de ponerse mantequilla en las tostadas del desayuno todas las mañanas. El poco atino que tenía cuando se vestía con su chandal azul y de calzado se dejaba los zapatos negros del sábado. La ausencia de malas críticas en su boca hacia cualquier persona y su constante buen humor. El amor hacia mi madre demostrandolo en pequeños detalles después de llevar 20 años casados.
Su paseo matutino con Biblia en mano y su tendencia a tumbarse en cualquier lugar donde hubiera césped. Su historia personal con Dios (para escribir un libro...). La visión optimista que tenía de la vida a pesar de su enfermedad. Su predisposición a ayudar a cualquiera sin ningún tipo de prejuicio y de hablar a todo el que tuviera oportunidad del amor de Dios sin preocuparle el que dirán.
Ya han pasado casi siete años y aunque a veces parece que los recuerdos se van desvaneciendo con el tiempo, hay cosas que siguen grabadas en la mente y en el corazón y que de vez en cuando te vuelven a bombardear de manera intermitente sin saber exactamente el porque.
No fuimos diseñados para morir ni para comprender el sentido de la muerte, por eso sólo puedo encontrar consuelo en el “continuará”. No existe nada en este mundo que pueda superar ese deseo personal...
Si de algo puede servir experimentar este tipo de sentimiento de vacío es intentar llenarlo con el amor de otro Padre, de un Padre celestial que está dispuesto a darnos todo aquello que nos falta para poder estar más cerca de Él hasta que vuelva a juntarnos con aquellos que un día vimos partir...
Parece que aquello que sucede en tu pequeño mundo interior no va a determinar en absoluto lo que te rodea... bueno, quizá simplemente el hecho de cómo quieras verlo. El mundo no se ha detenido ni un mísero segundo para mirar hacia atrás...
Los medios de comunicación continúan su ritmo frenético de emisiones y en ellas no se incluye nada de lo que te trae de cabeza. Tus creencias entran en una fase de “praxis” donde se ponen a prueba y donde logras saber verdaderamente si tienen un fin o son sólo una "teoría" pasajera que ha vagado a lo largo de tu vida hasta ahora.
Los pensamientos te inundan la mente, toda clase de sentimientos contradictorios sacuden tu cuerpo y las preguntas filosóficas que alguna vez te hiciste en momentos muy puntuales surgen de golpe...
Todavía le puedo escuchar silbar por los pasillos de casa, cantar “mamy blue” y tocar la armónica los domingos por la tarde. Recuerdo cuando de pequeña me llamaba mocosa cada vez que me sonaba los mocos y su barba de tres días que raspaba mis mejillas cuando iba a darme un beso. Todavía veo mi manita cuando tenía 6 años sujetando su gigantesco dedo índice cada vez que salíamos a dar un paseo o me llevaba al colegio. Lo exagerado que era a la hora de ponerse mantequilla en las tostadas del desayuno todas las mañanas. El poco atino que tenía cuando se vestía con su chandal azul y de calzado se dejaba los zapatos negros del sábado. La ausencia de malas críticas en su boca hacia cualquier persona y su constante buen humor. El amor hacia mi madre demostrandolo en pequeños detalles después de llevar 20 años casados.
Su paseo matutino con Biblia en mano y su tendencia a tumbarse en cualquier lugar donde hubiera césped. Su historia personal con Dios (para escribir un libro...). La visión optimista que tenía de la vida a pesar de su enfermedad. Su predisposición a ayudar a cualquiera sin ningún tipo de prejuicio y de hablar a todo el que tuviera oportunidad del amor de Dios sin preocuparle el que dirán.
Ya han pasado casi siete años y aunque a veces parece que los recuerdos se van desvaneciendo con el tiempo, hay cosas que siguen grabadas en la mente y en el corazón y que de vez en cuando te vuelven a bombardear de manera intermitente sin saber exactamente el porque.
No fuimos diseñados para morir ni para comprender el sentido de la muerte, por eso sólo puedo encontrar consuelo en el “continuará”. No existe nada en este mundo que pueda superar ese deseo personal...
Si de algo puede servir experimentar este tipo de sentimiento de vacío es intentar llenarlo con el amor de otro Padre, de un Padre celestial que está dispuesto a darnos todo aquello que nos falta para poder estar más cerca de Él hasta que vuelva a juntarnos con aquellos que un día vimos partir...
"Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos con paciencia lo aguardamos"
(Ro.8:24-25)